Te llamás Juan...

Cuando viniste al mundo ya sabíamos que te llamabas Juan. Ya te llamábamos así cuando te movías en la panza anunciando tiempo inestable y probabilidad de chaparrones. Sabíamos que venías a llamarte Juan Sebastián y nos encantaba la idea. Cada uno por su lado, tu mamá y yo teníamos sobrados motivos para convocarte. Mas allá de los pañales cagados y los espacios resignados y las vigilias y mucho más allá de tu autismo temprano y los miedos a repetir viejas historias de muerte y desazón. Gracias a vos aprendimos mucho de las palabras. Por ejemplo, que a veces les quedan mal a las cosas. O demasiado grandes, o demasiado insignificantes. Incluso suele ocurrir que no tienen nada que decir y entonces hacen ruido y ponen los nervios de punta. Claro que no vienen solas, ni inocentemente, las palabras. Somos nosotros mismos los encargados de atraerlas, porque no siempre es fácil negociar con el silencio. Entonces hablamos. Pretendemos tapar al susodicho con lo primero que tenemos a mano, o a pedir de boca. Y como nuestra única, o nuestra más inmediata estrategia suelen ser las palabras, ahí las tenemos a las pobres, metidas en un lío inmerecido e infructuoso. Ahí tenés, pues, otra paradoja, esta vez del tipo patético. Ya habrá tiempo para que aprendas a convivir con ellas, o no. Las paradojas, tal vez, están mas allá de tu mundo. Alguien por ahí las llamó "juguetes de la inteligencia", yo prefiero tratarlas con un poco más de cuidado y precaución, cualquier día me agarran desprevenido... Por el momento estás más interesado en otras cuestiones; por ejemplo, en cómo es esto de hablar, hablar cosas más infinitamente simples e indispensables que mis especulaciones en torno a lo paradojal. Por el momento aprendés a sentir, o a poner en palabras algunas de las cosas que te pasan. También aprendés que te pasan cosas, y tenemos que enseñarte a que te pasen, mientras sin saberlo vos nos enseñás que a veces es al revés, que somos nosotros un accidente en el devenir de las cosas, que las cosas van a seguir ahí cuando ya no estemos, a veces me pregunto de qué hablarían si pudieran, como se suele decir, dar testimonio de tanta miseria y tanta intensidad sepultada en el devenir del tiempo, ellas, hermanas mellizas o primas bobas del silencio y los espejos, a veces me lo pregunto de la misma forma en que me preguntaba por vos cuando no hablabas nada y amontonabas juguetes por los rincones y te tildabas con los ventiladores encendidos. Estabas, ciertamente, mucho más cerca de las cosas que de las personas, eras vos mismo más cosa que ser.
Qué le pasa al mundo con los que no laten al ritmo del hormiguero? Qué le tiene reservado a la hormiga que nace con los pies fuera del plato? Es necesario ser MUY diferente para quedar fuera? O basta con teñirse medio bigote con algún color, por así decirlo, "excéntrico"? (Qué significa eso? Dónde queda el centro preciso de las cosas? Y la justicia? Dónde vive? Cuál es el domicilio legal de lo que debe ser? Deber ser? A quién se le debe ser...?)
Nada de esto parece preocuparte demasiado, ni siquiera cuando despertás en otra frecuencia y con tu madre cometemos la estupidez de llevarte a la plaza para que el mundo se conmueva con nuestra desdicha. Tambièn a eso aprendimos gracias a vos: a no diferenciar el rechazo de la caridad. En el fondo son la misma cosa, la una maquillada de lo contrario de la otra. Las cosas son lo que son, Juanito, mas allá de nuestra voluntad, como el sol aferrándose a las hojas de la enredadera cuando el crepúsculo se parece tanto a la muerte que hasta la propia muerte es capaz de detenerse a contemplarlo. Nada de esto, lo sé, te merece la menor consideración, ocupado como estás en llamarte Juan y en mostrarle al mundo que palabras como autismo o locura son tan inestables como reversibles. De esto me gustaría que habláramos en el próximo silencio. De mi vocación por lo inefable. Y del hermoso y complejo asunto de venir al mundo a llamarse Juan...